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Soy un producto sin madurar resultado de la cultura rock de los sesentas que por una equivocada interpretación del método del ritmo nació en Bogotá, una ciudad que dentro de 500 años seguirá en obra negra. Atendiendo un llamado interno o tal vez las tendencias de esa época, hice una tecnología en Bellas Artes, otra de Diseño Gráfico Publicitario, y para entender el contexto de esta industria, cursé un pregrado en Publicidad, me profesionalicé y seguí con una maestría en Publicidad Integrada, Estrategia y Creatividad, y a lo largo de más de 25 años me inscribí a decenas de congresos, seminarios y workshops relacionados con publicidad, mercadeo, creatividad y cine.

Ingresé como redactor creativo o copywriter, al que sarcásticamente siguen llamando el glamoroso mundo de las agencias de publicidad y casi simultáneamente, comencé a deformar algunas mentes esponja en las principales universidades con carreras de publicidad y mercadeo de Bogotá.

Pasaron volando más de veinticinco años y todavía no entiendo cómo, simultáneamente me casé con el único amor de mi vida, trajimos al mundo cuatro hijos, como si fuéramos nómadas urbanos cambiamos varias veces de vivienda y a partir de febrero de 2019, dejamos atrás a la monstruosa Bogotá y nos radicamos en Cali, ciudad a la que llaman “La Sucursal del Cielo”. En algunos sentidos, es cierto.

Durante los dos últimos años fui el director de comunicaciones de una empresa consultora multinacional especializada en la gestión de riesgos de lavado de activos y financiación del terrorismo. Un desafiante cambio que finalizó a comienzos de julio/2020, motivado quizá por la pandemia que viene afectando a miles de empresas en todo el mundo. Algo que le agradezco a covid19.

A veces soy irónico, amigo del humor negro, cuando me fluye soy satírico frente a tanta estupidez en un mundo cada vez más mentiroso, bizarro y cuadriculado. Si me dan motivos, también suelo ser mordaz, tal vez un poco irreverente y cuando las musas me visitan, inteligente y vanguardista.

Aunque a veces use eufemismos u otras figuras retóricas, siempre lo haré dentro del respeto, equilibrio y tolerancia. No promoveré la violencia, ni el odio o rechazo hacia personas o comunidades por su orientación sexual, condición social o de género, racial o religiosa; y como padre y abuelo que soy, defenderé los derechos de los niños.

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