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De no haber sido por un virus presuntamente creado en un laboratorio de armas biológicas, la búsqueda de la felicidad habría seguido siendo la gran obsesión mundial: el oscuro objeto del deseo de todos nosotros. Billones de dólares mermelada y la obediente colaboración de los gobiernos, organizaciones privadas, algunos profesionales de la salud y medios de comunicación rebaños, se encargaron de amargarnos el 2020. Un macabro plan, -tal vez con fines eugenésicos-, ideado durante años por una élite invisible, anticipado y ejecutado por la OMS, Organización Mundial de la Salud y sus abnegados cómplices, nos grabó de manera indeleble la palabra “covid19”. A septiembre 24 de 2020 y en menos de nueve meses, la palabra “covid19” ya cuenta con 387.000 búsquedas en Google, mientras que las búsquedas asociadas a la palabra “felicidad” tan solo suman 351.000 en más de veinte años. Miedo, frustración e instinto de supervivencia, mueven las dos búsquedas.

Y no es que se trate de una competencia entre una y otra, pero es justo reconocer que covid19 nos robó en unos pocos meses gran parte de la felicidad que nos quedaba de los ahorros emocionales del siglo 21, para no devolverme tanto en el tiempo.

Irónico, porque la felicidad, -además del sexo sin complicaciones y el dinero fácil-, sigue siendo lo más deseado casi desde la infancia y hasta finalizar la tercera pubertad antes de la vejez. Por fortuna, la felicidad que buscan los Millennials, no es la misma que busca el resto la humanidad, ni se parece en nada a la que siguen buscando sin esperanzas sus hermanos mayores, los de la Generación X. 

La felicidad es tan enigmática como la famosísima búsqueda del sentido de la vida, el “a qué vinimos, cuál es mi propósito”, algo que también se siguen preguntando miles de padres cuando observan que sus hijos pasan horas y horas mirando robóticamente un celular, comiendo chatarra a toda prisa y buscando con pesimismo realista, con quien armar un plan de vida, no uno de un par de horas o semanas.

La búsqueda de la felicidad sigue siendo tan inescrutable como la del Santo Grial o el “qué sigue después de la muerte” y si en verdad hay un más allá o simplemente un más acá, misterio que supuestamente ya fue resuelto por todas las religiones del mundo, sin que ninguna ofrezca pruebas científicas ni vivientes que les den la razón. Tal como lo cantan Vinícius de Moraes, Toquinho y María Creuza, “la felicidad del pobre se parece a la gran ilusión del carnaval, la gente trabaja un año entero por un momento de sueño, para disfrazarse de rey, de pirata o de jardinera… y todo se acaba el miércoles.

https://www.youtube.com/watch?v=RLxmudlRyz4

Gracias a los avances de la inteligencia artificial de Google Maps, se ha confirmado que hay casos excepcionales de vida inteligente y feliz antes de la muerte:  La red de “Ciudades Slow” y algunos paraísos gastronómicos alineados con el movimiento “Slow Food”, en Canadá, Corea del Sur, Italia, España, Alemania, Reino Unido, Polonia, Sudáfrica, Australia, India. En Colombia, un pequeño pueblo llamado Pijao, en el Quindio. También, tres recónditos lugares del Tíbet, dieciséis spas ubicados en diversas áreas de Finlandia, tres striptiseaderos de Ámsterdam, el Parque del Perro y el de Los Gatos en Cali, el Mercado de San Telmo en Buenos Aires y la tienda de música BossaNova Records en Rio de Janeiro.

Incluyo también a un modesto apartamento lejos del mundanal ruido en las goteras de Cajicá y una casa centenaria que parece El Museo de las Espirales en el barrio La Candelaria de Bogotá, en donde según los servicios de inteligencia viven en feliz anonimato y como abuelos apacibles un poco misántropos, las reencarnaciones de los pintores Jacob van Ruisdadel, (1628- 1682) y Kazimir Malévich (1879-1935), ambos nacidos bajo el signo Piscis y ahora dedicados al noble arte de la pintura con brocha gorda y la caricatura estilo cubista realizada en un minuto; cuando las cuentas no cuadran, freelancean los fines de semana vendiendo almojábanas, paletas y merengón. Mientras tanto, la búsqueda de vida inteligente en el Universo y en el planeta Tierra, sigue sin descanso.

 “Felicidad” es tal vez, la palabra más pensada, usada, leída, escuchada y pronunciada en los últimos veinte años, debido precisamente a que es muy escasa. En los pocos matrimonios que hoy se celebran, ya casi nadie se atreve a prometer fidelidad y menos, hacer feliz a su pareja hasta que la muerte los separe. Como gran cosa, prometen una pizza juntos cada quince días incluyendo amigas y amigos, y dos minutos y medio de forcejeos, sudor y silencios incómodos mientras tienen sexo, también cada quince días, sin amigas ni amigos, al menos durante el primer año.

Miles de libros, cientos de canciones y poesías, millones de tuits y posts, seminarios, retiros experienciales, conferencias, encuentros tipo alcohólicos anónimos pero sin alcohol, grupos de apoyo multiétnicos, coachings, tesis de grado, sermones, realities, canchas de microfútbol y de tejo, moteles, nuevas religiones y confesiones amorosas a las plantas y mascotas, ratifican que la felicidad es omnipresente y a la vez invisible. Está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, sea en modo analógico o virtual, en vigilia o en los sueños más profundos. Las telebobelas ya no son sobre la felicidad sino sobre el odio, el nuevo sentimiento que reemplazó al amor.

Quienes más pregonan que el dinero no da la felicidad, son precisamente los que no tienen un centavo, pero cuando lo dice un empleado clase media rebosante de felicidad porque acaba de firmar un divorcio que lo dejó casi en la calle, no se sabe qué pensar de la felicidad o de las parejas o de los abogados.

En sus comienzos, las redes sociales se parecieron a los inicios del Transmilenio. La comodidad de los articulados nuevecitos en donde siempre se podía viajar sentado no se podía comparar con la vieja pesadilla de las atestadas busetas. Transmilenio nos hizo creer que por fin teníamos un buen servicio de transporte público. Pero no, la felicidad duró poco. Igual ocurrió con las redes sociales, en donde los “early birds” gozamos casi que de la privacidad de un exclusivo club social antes de que llegaran los millones de francotiradores virtuales, los miles de expertos con dos años de experiencia ofreciendo sus inigualables cursos, talleres y especializaciones; los millones de consejeros espirituales con el secreto de la vida eterna, los infaltables borregos vociferantes que viven en campaña política gratuita 24/7 defendiendo con uñas y dientes a sus amos mientras atacan a los demás y por si fuera poco, la publicidad más estúpida de toda la historia, que para colmo de males cada vez es más difícil evitarla.

Cuando nos dedicamos juiciosamente a perder el tiempo navegando sin rumbo en las redes sociales, nos toca sufrir la detestable felicidad de los otros. Sus viajes intercontinentales con decenas de fotos profesionales delante de icónicas ruinas, catedrales y lugares must del nuevo turismo democrático, almuerzos gourmet en yates alquilados y sonrisas perfectas pletóricas de dicha color verde envidia, sus nuevos carros, sus nuevas parejas perfectas, sus nuevas mansiones con piscinas, billares y camas King, sus nuevas tetas o culos o sus extrañas caras moldeadas a punta de silicona y botox. Cualquier ser humano normalito que vea este tipo de felicidad artificial de levadura, marketing y gula, tiene el derecho a sentirse feliz con su modesta infelicidad, pero no puede cometer el error de publicar su felicidad desgraciada porque los multimillonarios de la felicidad le amargaran la vida. Ser feliz pareciera ser la norma, pero no será la base emocional obligatoria de la nueva normalidad. La felicidad no es una ciencia y si lo fuera, no sería felicidad sino una fórmula reduccionista que no haría feliz a nadie. La felicidad es un arte y como el arte, tiene mil facetas.

¿Vale la pena seguir obsesionados con la búsqueda de la felicidad? Mi respetuosa opinión basada en la exitosa y modesta gestión de mi propia felicidad a lo largo de toda una vida, es que no es inteligente correr detrás de la felicidad. Tal vez ni siquiera exista o al menos, no se parece a lo que imaginamos. Las expectativas con lo que se espera de la felicidad suelen convertirse en una tortura sin fin. Hay expectativas insospechadas, casi siempre muy simples, que resultan ser muy asertivas. Por ejemplo, esa sensación liberadora que aflora cuando se abandona la búsqueda de la felicidad, es uno de los miles estados de la felicidad.

Como sucede con las mujeres, no hay que tratar de entender la felicidad ni vale la pena buscar las causas y razones propias y ajenas que nos hacen infelices. No hacen falta manuales de autoayuda para ser felices. Simplemente apliquemos la regla de algunas divas de la gastronomía: nunca debemos comer hasta sentirnos llenos. Es mejor quedar con algo de hambre. La felicidad de gula no es felicidad. Hay que saborear la felicidad como si se tratara de una exquisita ambrosía, un platillo digno del paladar de un sibarita. No podemos seguir intoxicados con la dopamina de las redes sociales ni por la felicidad levadura de los demás. La verdadera felicidad es como un orgasmo: dura unos segundos, y si durará más, sería insoportable.

 

POSTRE

  • Reír es una de las maneras gratuitas más eficaces para ser felices. Cada quien escoge el tipo de humor que le logre sonsacar risas y ojalá carcajadas. Yo río todo el tiempo. Parte de mi biblioteca está conectada con el humor. Me encanta el Stand-Up Comedy.
  • Aunque tengo pocos amigos, sus singularidades son para mí fuente inagotable de risa. Claro, ellos no lo saben.
  • Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna… (Groucho Marx).
  • Soy un paranoico al revés. Siempre sospecho que la gente está planeando algo para hacerme feliz. (J.D. Salinger).

*Aunque este es un espacio de opinión libre, por favor mantengamos el respeto, equilibrio y tolerancia. Se eliminarán comentarios que promuevan la violencia, el odio o rechazo hacia personas o comunidades por su orientación sexual, condición social, racial o religiosa; los sexualmente explícitos u ofensivos, como también los que vulneren los derechos de los niños.

4 Comentarios

  1. Cesar

    Hay que proponerse seriamente a ser feliz 👍

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    • Germán Rojas Molina

      Apreciado César: entiendo el sentido que le quiso dar al “seriamente”. Quizá para algunas personas el tema pasó de serio a obsesivo y ahora andan amargadas.

      Responder
  2. Myriam López

    Definitivamente la felicidad es una colcha con todos los colores, está tejida por momentos que nos han proporcionado los sentidos y las emociones.

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