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Desde la época en que las guerras se libraban disparando cartuchos de pólvora, se estableció la idea de “quemar los últimos cartuchos” haciendo referencia a esa situación desesperada en que un soldado luchaba por su vida disparando lo último que le quedaba de munición, algo que desde la mitad del siglo 20 no tiene nada que ver con ese tipo de guerras y en 2020, sigue asociándose con los ancianos que están ya en la recta final o recogiendo sus pasos y en otros contextos más extraños, algunos de ellos divertidos.

Por ejemplo, adolescentes como yo que estamos en la tercera pubertad y hemos llegado a esa edad en que nuestro ángel de la guarda está pidiendo vacaciones con la excusa de estar agotado,  -sin desagradecer las innumerables ocasiones en que me salvó a tiempo de estupideces, insolencias, desatinos y sandeces, y en otras felizmente lo permitió-, esos muchachos como yo, algunas veces, somos etiquetados como personas que están quemando sus últimos cartuchos. Puede ser, dependiendo del tipo de cartuchos que estemos hablando.

También están las personas que no fueron favorecidas en el reparto de carisma, atracción, inteligencia y belleza; reparto poco equitativo que hace la Madre Naturaleza y son consideradas casi desde su nacimiento como feas o gordas o desagradables o aborrecibles, y eso que casi todos los bebés son bonitos o al menos igual de feos. Pasan los años y esas desdichadas personas no logran tener amigos ni conseguir pareja aunque anuncien en medio de un coctel que ganaron millones de dólares en una lotería o que heredaron de un tío desconocido una mina de diamantes, o que simplemente den a conocer que patrocinarán los sueños de algún galán o seductora que se le quiera medir al desafío de pasar con él o ella, no digamos que el resto de sus vidas porque eso da miedo, pero sí, al menos los siguientes seis meses y que están recibiendo hojas de vida; sí, esas personas hiperintensas están casi que rogando ser amadas y se comportan todo el tiempo como si estuvieran quemando sus “últimos cartuchos”, tengan la edad que tengan. Esas personas no tienen ángel, tal vez son algo raras para el resto de la humanidad. Ni siquiera el diablo se ve tentado.

¿Cuántos personajes ha conocido que solo tienen amigos temporales mientras pagan los tragos de todos? ¿O esas personas que ni con recomendaciones políticas o eclasiásticas consiguen trabajo porque su presencia dañaría la imagen de la empresa o distraería excesivamente al personal? ¿O quienes no consiguen ser notados por los meseros y por obvias razones nunca son atendidos en un restaurante o nadie les cede una silla en el transporte público aunque parezcan embarazadas?

Todas estas personas al querer solucionar sus vacíos, luchando por salir de su invisibilidad, son un peligro potencial en todas estas situaciones porque tratarán a toda costa de quemar sus “últimos cartuchos”, aferrándose desesperadamente a lo que esté a la mano, aunque sea a una escoba, o al celador del edificio o al mecánico que les revisó la bicicleta o al vendedor que les dijo que la ropa que se midieron les queda muy bien.

Vivir en modo “quema de últimos cartuchos” es como estar en un permanente incendio sin control con una botella de gasolina en las manos.

Pero todo ha cambiado drásticamente desde comienzos del siglo 21. Tal vez resulta caricaturesco conocer personas que se supone tienen un garaje completo repleto de cartuchos que nunca han tenido que quemar, comportándose como si estuvieran al borde de las necesidades insatisfechas, “quemando sus últimos cartuchos”.

En mi época, si una persona pasados los 20 años seguía soltera o viviendo en el Hotel Mamá, se decía iba para solterón o solterona o que le tocaría “vestir santos”, es decir, dedicarse al noble oficio de monja o sacerdote, o en el peor de los casos, se ponía en duda su orientación sexual y el complejo de Edipo o de Electra, eran temas de tertulias e incluso, las sospechas sobre incesto, eran lo más normal en las familias “normales”, las que ahora llaman “disfuncionales” o familias Simpson, es decir el 90%.

Ahora, pasados los 20 años de edad, la cosa pinta muy diferente.

La tecnología, globalización y especialmente la proliferación de orientaciones sexuales sumada al “yo no tengo que sostener a nadie por el resto de mi vida”, lograron que a esas personas que llegaron a los 20 años, les dieran tiempo extra, dos tiempos suplementarios de 15 años cada uno, como si se tratara de partidos del Mundial de fútbol y la generación de los Baby Boomers “premió” a sus hijos, con 30 años más, -acuérdense, hoy todo es con premios, si no, no funciona-, es decir, ahora pueden comenzar a pensar que son solterones o que van a vestir santos, si llegan a los 50 solos o solas, aunque lleven ya 20 años o más en ese estado. Y con más ventajas: nadie le presta atención a la orientación sexual de nadie y tal vez lo más extraño hoy es cuando alguien conoce a una persona tan anticuada que le confiesa ser heterosexual.

Y es aquí donde comienza el desmadre de la nueva ola de los últimos cartuchos: Hombres que podrían fácilmente levantarse, perdón, “conquistar”  a la mujer que les dé la gana, o al hombre, si fuera el caso, están llegando a los 35, 40, 45 y de ahí en adelante, con la amarga y urgente sensación de que se quedaron solos, -a pesar de que la gran mayoría siguen viviendo con mamá y papá, aunque para ellos, estos dos seres invisibles no son compañía sino los dueños de los muebles de la casa que ellos usan y que si son persistentes, heredarán-; mujeres no solo atractivas sino talentosas, en situaciones similares aunque tal vez más deprimentes, porque si hay algo deprimente es ver la implorante necesidad de amor, afecto o sexo, pintada en la cara bonita de una mujer. Mientras más muestran las ganas, más son rechazadas, y admitámoslo: tiene algo de lógica porque nadie quiere enredarse, perdón, relacionarse, con una mujer muy atractiva que tiene necesidades tan urgentes sin satisfacer, ya que esto, por definición, resulta ser muy sospechoso. Por algo dicen: la suerte de la fea, la bonita la desea.

 

POSTRE

  • El doloroso estado de “quemar los últimos cartuchos” no tiene edad, ni sexo, ni nacionalidad, ni estado civil, ni profesión. Es una época desdichada en la vida de muchos, más deprimente que la “Friend Zone”, porque en esta al menos alguien te quiere aunque a ti esa persona te importe un carajo.
  • En la zona de los “últimos cartuchos” hay desesperación, hambre, deseos indeseables, fantasías fuera de tiempo que nunca se cumplirán, no hay sueños sino desvelos, insomnio permanente y un deseo constante de darlo todo sin que nadie lo quiera recibir.
  • Es como si a Drácula lo hubieran condenado a estar todo el tiempo con un collar de ajos frescos colgado al cuello, soportando grandes dolores, mientras las personas con el tipo de sangre más delicioso, lo evitan a toda costa y hasta lo ignoran.
  • En mi garaje mental y en plena tercera pubertad, veo que tengo todavía un buen arsenal de cartuchos intactos en buen estado y no tengo ni afán ni ganas ni necesidad de quemarlos, aunque créanme, si pudiera, los cedería a las personas que más los necesitan.

*Aunque este es un espacio de opinión libre, por favor mantengamos el respeto, equilibrio y tolerancia. Se eliminarán comentarios que promuevan la violencia, el odio o rechazo hacia personas o comunidades por su orientación sexual, condición social, racial, religiosa; sexualmente explícitos u ofensivos, como también los que vulneren los derechos de los niños.

2 Comentarios

  1. Jaime Enrique Rodríguez

    Los “últimos cartuchos” son el último aliento de algunas personas en su íntima frustración, pero el sentir de los abuelos de la época, era “dar todo” por algo o por alguien, por un objetivo o una noble causa, con sacrificio y con mucha valentía, era llegar al ocaso de la vida, con una misión cumplida, era como “morir con las botas puestas” trabajando hasta el último aliento. Pero como todo ha cambiado y la sociedad de consumo se acomodó en unos nichos insospechados y a la vez sorprendentes, este ha sido el resultado de nuestra sociedad actual. Maestro Germán, su visión va más allá, pero nuestros ancestros ni sospechaban que ésta sociedad tendría estos alcances.

    Seguiré atento a sus interesantes artículos que en el fondo tienen los pies sobre la tierra. Adelante Maestro.

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    • Germán Rojas Molina

      Muchas gracias por su interesante comentario, Jaime Enrique. En efecto, su mirada a lo que son los últimos cartuchos en las viejas generaciones es muy precisa y reconoce el valor y tenacidad que caracterizaron a esas personas que lo dieron todo y nunca buscaron ningún reconocimiento. Un abrazo.

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