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Dicen de las mujeres que en sus “días” son difíciles y sus cambios de humor impredecibles y complicados. Los hombres también tenemos nuestros “días”. Hoy, por ejemplo, amanecí con el humor negro bastante grisáceo: ni es humor, ni es negro. Esto para justificar la ausencia de divertimento y de negrura en las palabras que siguen. Tampoco escribiré para posar de intelectual a pesar de que después de leer, así les parezca. Simplemente, así estoy hoy: Gris.

En plena pandemia, millones de personas vimos el vídeo de unos policías antimotines de la ciudad de Buffalo (Nueva York) en los Estados Divididos de Norteamérica, que empujan a un anciano de 75 años lanzándolo al piso, casi pasando por encima de él, inmóvil y casi muerto; ver esto no solo es indignante y vergonzoso; es una muestra más de la manera en que la sociedad en general gestiona sus miedos. Un filósofo de café negro como yo, diría que este acto es como ver al presente atacando al pasado por un profundo miedo al futuro.

G. K. Chesterton, en su escrito “Lo que está mal en el mundo”, sostiene que no hay en realidad valor alguno cuando se atacan cosas viejas o anticuadas, como no lo hay en ofrecerse a atacar a nuestra abuela. Puede que la abuela sea más débil debido a la edad, pero lo que en verdad se ataca es el poder de sus ideas, de sus experiencias, algo en lo que no pueden superar los jóvenes a los viejos.

Este culto al futuro viene acompañado por la obsesión por lo nuevo. Aunque todas las nuevas ideas se han nutrido siempre de los aciertos y errores del pasado, a la gente le gusta pedir cosas nuevas porque no parece apropiado pedir cosas antiguas. Es como si del pasado fuera inútil tratar de conseguir cosas buenas. Incluso, cuando algunos “revolucionarios modernos” pusieron de moda lo antiguo, trataron de restaurarlo para que pareciera nuevo y así “nació” la moda Vintage. El Renacimiento fue, en su momento, un movimiento moderno, pero la palabra “Renacimiento” claramente está conectada al pasado, igual que para que haya una revolución, esta tiene que evolucionar algo que existe. Hoy, una de las maneras más modernas de vestirse o de decorar los hogares, es con objetos comprados en un mercado de las pulgas como les decimos en Colombia o de objetos viejos. Algunas señoras han tratado de vender allí a sus esposos.

Nadie quiere reconocer que en verdad carga un melancólico mercado de las pulgas en su memoria y a veces la única conexión visible con sus ancestros son unas fotos amarillentas que cuando son vistas por los ultramodernos inevitablemente suscitan risas porque las indumentarias y demás objetos de esas fotos, resultan ridículas a sus ojos. Ni siquiera mencionan y a veces ni recuerdan, quiénes están en ellas.

Europa es un enorme mercado de las pulgas. Viejos y jóvenes hacen turismo para tomarse fotos modernísimas delante del pasado. Los museos son muy visitados y aunque parezca una contradicción, los museos del futuro no son tan atractivos. Si Europa se moderniza, no es interesante visitarla, mejor ir a la modernísima Nueva York, que siempre es nueva. 

Hablar del futuro está de moda, ya es un pasatiempo viral. Menospreciar el pasado también.

Quienes no tienen experiencia en nada, viven en campaña permanente para desacreditarla. El mundo se llenó de predicadores del mañana. Predicadores sin experiencia y muchas veces, sin pasado. Resulta moderno no recordar las luchas, pesares y logros de los bisabuelos, cuyo resultado somos nosotros. –para bien o para mal-, viviendo este presente; ahora es más cool, recrear anticipadamente las biografías de nuestros biznietos.

Nos esforzamos por no entender lo que ha pasado y preferimos dedicarnos a imaginar lo que va a pasar, lo cual puede ser un alivio para los ignorantes porque siempre será más fácil especular. Nadie dirá lo contrario, y si lo hiciera, tampoco podría demostrar que tiene la razón. Resulta más atractivo librar luchas que aún no han ocurrido, que entender por qué ocurrieron las que quedaron en el pasado y las que se están librando en el presente.

El futuro nos llegó de manera tan inesperada, que casi todo el rebaño humano optó por instalarse en él, huyéndole al presente e ignorando el pasado. Los fines de semana se viven con la mente y emociones puestos en el mañana, anticipando lo que se tiene que hacer la semana siguiente, a veces, el mes siguiente. Hay personas que planifican su cumpleaños al detalle, dos y tres meses antes de llegar a la fecha, pero no le dedican tiempo al presente. Así como afirmo que el pasado no existe, pero sus lecciones y aprendizajes sí moldean nuestro presente, también es correcto afirmar que el futuro no existe, porque todavía es futuro, aunque la gran diferencia con el pasado, es que no podemos aprender nada del futuro hasta tanto no afecte nuestro presente. La falacia del culto al futuro se hace más evidente cuando descubrimos, mirándonos al espejo, que en verdad lo que hay oculta detrás de nuestra mirada, es una silenciosa resignación moderna por la imposibilidad de emular los ideales que movieron el pasado. Ya no hay ideales. Ni siquiera, por ejemplo, los que nos heredaron la mayoría de las religiones, cuyas bases provienen del antiquísimo pasado. Practicar hoy los diez mandamientos de la religión cristiana, no solo es muy difícil para los millones de fieles que se declaran cristianos y quienes les dirigen, sino que unos y otros prefieren pecar por omisión, no cumpliéndolos, aunque sí declaran su convencimiento de que estos ideales son buenos para la humanidad.

La palabra “ideal” pasó a ser algo bonito, deseable, pero a la vez utópico, difícil de practicar. No obstante, y por imperfectas que sean las religiones, estas son panaceas comparadas con las prácticas pseudo espirituales que parecen religiones, ya que estas últimas no pueden edificarse alrededor de ningún Mesías de esta época.  Como estos Mesías no han nacido, las nuevas religiones con millones de seguidores en el mundo entero, tienen como Dios al dinero o al poder o a la droga o al balón, o en el peor de los adefesios, a un Youtuber o a un Influencer. Por si fuera poco, y ante la ausencia de Dios que estos miles de millones de personas experimentan, la solución a la mano es convertirse en uno. Si tienes millones de seguidores, eres un Dios. Una solución ideal y nada utópica gracias al poder de las redes sociales.

No hay dudas de que hubo mucha barbaridad en el pasado. Tampoco podemos decir que el presente no es bárbaro y tal vez lo sea mucho más que el pasado y de otras maneras; no sabemos qué tan bárbaro será el futuro. Lo que hacemos en el día a día cada uno, determina en parte el presente individual y suma o resta al presente colectivo, así que, para ser coherentes, es mejor conjugarlo en presente continuo antes de que se nos convierta en un futuro imperfecto.

Finalizo con este concepto de Chesterton: “El único librepensador auténtico es aquel cuyo intelecto está tan liberado del futuro como del pasado. Se preocupa tan poco de lo que será como de lo que ha sido; se preocupa solo por lo que debería ser”. Yo le haría un pequeño cambio: “se ocupa solo por lo que debería ser y actúa en consecuencia”.  Prefiero este pensamiento de Chesterton al optimismo realista de Héctor Abad Faciolince, reflejado en el título de la novela por el que más le recordamos: “El olvido que seremos””, aunque tal vez este escritor colombiano tenga la razón. Y de este olvido no se escapan los viejos ni los jóvenes, por modernos que sean.

POSTRE:

  • Lo vivido es pasado, lo aprendido forja en buena parte nuestro presente. El futuro siempre será incierto, pero llegará y pocas veces será como lo has imaginado, aunque hayas recibido mucha información previa. Covid19 es un ejemplo.
  • Recuerda que existe la Ley de la Miopía Generacional, esa tendencia a que cuando maduras les sigues dando prevalencia a los valores e ideas de tu generación impidiéndote aceptar otros puntos de vista, cerrando tu mente y negándote la posibilidad de llegar a ser quien imaginas que serás. Tus abuelos y padres pasaron por esto. Por eso existen las brechas generacionales. En un futuro cercano, tú representarás el pasado para las nuevas generaciones y no querrás ser etiquetado como alguien que no comprende el presente que ellos y tú estén viviendo en ese momento.
  • No existen estrategias para afrontar lo inesperado. Una buena dosis de capacidad de asombro te preparará para recibir el futuro que te llegue y el que te hayas logrado construir como parte del juego de la vida.

 

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